Tanta seguridad para tanto error
Sobre estar equivocado y por qué duele más de lo que debería.
Era plena noche. Se me estaban quedando los pies fríos y sentía que el pecho se me seguía apretando. No lograba entender por qué el simple recuerdo de algo que ocurrió hace más de seis meses provocaba tal reacción en mí. ¿Por qué se sentía tan mal haber estado… equivocado? Necesitaba llegar al fondo del asunto. Así que, como científico autoproclamado, empecé a elaborar mi hipótesis.
En clase, cuando aciertas una pregunta, piden a los demás alumnos que te aplaudan. Escuchas sus estruendosos aplausos y es como si el mundo entero se girara hacia ti, inclinando la cabeza y diciendo: «Señor nuestro, no hay nadie como tú». Eres, sin duda, el protagonista del momento. Y si de ti dependiera, no querrías que parase nunca. Entonces, ¿qué haces? Te esfuerzas por acertar más respuestas.
Por otro lado, cuando un alumno en concreto se equivoca constantemente, el silencio es ensordecedor. No hay aplausos, el profesor no sonríe y tiene esa expresión en la cara que dice: «¿Cómo puedes ser tan tonto?». No lo dicen en voz alta, pero no hace falta. Todo el mundo sabe que lo están pensando. Y, antes de que te des cuenta, nadie quiere ser amigo de la persona «tonta». A la hora del recreo, se queda sentado solo, sin nadie con quien jugar.
Aprendes rápido, incluso de niño, lo que significa tener éxito. Es bastante fácil de deducir. Solo tienes que... estar... siempre... en lo cierto.
El efecto Dunning-Kruger
Ahora ya eres un adulto hecho y derecho. Has trabajado muy duro para llegar hasta aquí. De hecho, has tenido razón tantas veces que te has ganado el título simbólico de «Sr. Infalible». La gente ya no te aplaude cuando aciertas, pero tú aprovechas esos aplausos invisibles en sus gestos de asentimiento y sus caras sonrientes porque, para ti, sueltas verdades como puños.
Nunca podrías estar equivocado. Según Kathryn Schulz, cuando alguien se atreve a sugerir que lo estás, se debe a una de estas tres cosas: o bien no tienen toda la información que tú posees, o no son lo bastante inteligentes para llegar a las mismas conclusiones, o están siendo falsos —conocen la verdad, pero afirman lo contrario por beneficio personal—.
Para mí, esto grita efecto Dunning-Kruger. Es cuando la gente sabe lo suficiente como para creer que tiene razón, pero no lo suficiente como para saber que se equivoca, por lo que sobreestima sus propias capacidades. No es de extrañar que, cuando otros cometen errores, nos apresuremos a decir: «No pasa nada, todo el mundo se equivoca», pero cuando nos ocurre a nosotros, nos da un ataque porque... ¿cómo nos atrevemos nosotros... a estar... equivocados?
Defendiendo el trono
Cuando alguien cuestiona tu postura, algo primario se activa. Has pasado años teniendo razón, esa es tu fama, y ahora alguien amenaza con arrebatártela. Como dijo una vez Will Smith, ser famoso es «increíble», mantenerse famoso es «complicado» y perder la fama es «miserable».
Así que luchas. Buscas más argumentos para reforzar tu postura. Reúnes todos los hechos y datos que respaldan tu caso. En cierto punto, ya no buscas la verdad, solo buscas tener razón. Luchas con uñas y dientes como si te fuera la vida en ello, solo porque estar equivocado se siente como perder algo. ¿El respeto? ¿El estatus? ¿Tu identidad?
¿Pero y si equivocarse no fuera una pérdida? ¿Y si fuera, en realidad, el precio de la entrada para algo mejor?
La leyenda del buscador
La solución a todo esto podría ser sencilla. ¿Y si abordáramos las cosas con la mentalidad de «podría estar equivocado»? Un momento, ¿se te están revolviendo las entrañas? Por favor, no te dé un patatús, te lo ruego. Bebe un poco de agua y sigue leyendo.
¿Y si en lugar de labrarte una reputación por tener razón, te labraras una por ser un buscador de la verdad? No la persona que siempre tiene la respuesta, sino la que la persigue genuinamente, incluso cuando el rastro conduce a un lugar incómodo.
Me recuerda a la leyenda del buscador, una serie que me gustaba ver de adolescente. ¡Uff! Parece que me vienen muchos recuerdos a la mente al escribir este post. Aunque no me extraña: este texto surgió al recordar una vez que me equivoqué. Probablemente debería titularlo «La epístola de los recuerdos». Me desvío del tema.
No quiero que se me vuelva a apretar el pecho ante la idea de estar equivocado. En lugar de eso, quiero sentirme vivo, porque equivocarme significa que probablemente me estoy acercando un poco más a la verdad. Y creo que ser fiel a la verdad es mejor que tener razón.
Bueno, ¿quién sabe? Podría estar equivocado... jeje.
Por cierto, si mis posts semanales te han servido de ayuda, te han hecho sonreír, reflexionar o pasar vergüenza ajena por mí, ahora puedes apoyarlos aquí ☕️